Por años, Paraguay fue visto como una economía estable pero silenciosa. Hoy, esa percepción está cambiando con fuerza. En un artículo reciente publicado en Última Hora, Ilan Goldfajn —presidente del Banco Interamericano de Desarrollo y ex titular del Banco Central de Brasil— destacó que el país no solo celebra su clasificación al Mundial tras quince años, sino que atraviesa una transformación económica que empieza a llamar la atención de la región.

El dato más simbólico es la obtención de dos calificaciones de grado de inversión y la proximidad de una tercera. Este reconocimiento por parte de los mercados internacionales no es menor: implica confianza, previsibilidad y disciplina macroeconómica. Es, en términos financieros, un certificado de madurez.

Pero más allá de las cifras técnicas, los números concretos hablan por sí solos. Paraguay creció 6% el año pasado, el desempleo cerró en 3,6% y la pobreza se redujo a alrededor del 20%. Son indicadores que no solo reflejan estabilidad, sino impacto real en la vida de las personas.

Goldfajn subraya que este desempeño no es casualidad. Responde a años de políticas macroeconómicas prudentes, fortalecimiento institucional y una gestión creíble ante inversores y organismos internacionales. En una región marcada por volatilidad política y económica, Paraguay proyecta previsibilidad.

Este nuevo posicionamiento internacional se verá reflejado en un hecho significativo: el país será sede de las Reuniones Anuales del Grupo BID. No es un simple evento protocolar. Es una señal de confianza y una oportunidad estratégica para colocar en la agenda regional temas clave como la integración, el crecimiento sostenible y el papel determinante del sector privado en el desarrollo.

El mensaje es claro: Paraguay ya no es solo una promesa silenciosa. Es un país que está consolidando resultados y mostrando que estabilidad y crecimiento pueden ir de la mano.

El desafío ahora es sostener el ritmo. Mantener la disciplina fiscal, profundizar las reformas estructurales y garantizar que el crecimiento continúe traduciéndose en reducción de pobreza y mayor movilidad social.

Como bien señala el presidente del BID, el cambio paraguayo no solo emociona: impacta. Y empieza a ser observado con atención desde toda América Latina.